En HyH tenemos claro que el apartado emocional, las emociones, son clave en la comunicación. Y esa emoción, si bien debe partir siempre del emisor, de aquel que carga con el peso del mensaje, nace con la vocación de ser transmitida. Para ello ya hemos explicado en alguna ocasión que es necesario partir de unas bases de sinceridad, humildad y autenticidad que distan mucho de ciertos comportamientos aprendidos que se nos sugieren para conseguirlo: estamos hablando de verdad y, cuando hablamos de verdad, todos los artificios sobran. Precisamente el proceso de consecución de la misma no es por adición sino por sustracción: no se trata de acceder a, recubrirse de o conseguir tal o cual hito. La verdad requiere todo lo contrario: prescindir de, despojarse de o renunciar a. Paradójico, ¿verdad?

Una vez sentadas las bases de la emoción que compete al emisor del mensaje (la parte más importante y no sólo eso, también básica y que supone un “pasa-no pasa” en la arquitectura emocional del mensaje) toca la parte del receptor o receptores. ¿Cómo conseguir en ellos, sujetos pasivos de la interrelación, ese impacto emocional que perseguimos? Y aquí es donde entran los temas de autocontrol y empatía junto con el apoyo logístico de una adecuada mentoría.

Autocontrol para conseguir vehicular esas emociones de manera que fluyan en la proporción justa, sin quedarnos cortos en su expresión ni llegar a extremos que desfiguren en mensaje en detrimento del propio vehículo. Empatía para conseguir equiparar niveles de tal manera que los códigos sean interpretados con el menor “ruido” posible y esa emoción transite de manera adecuada permitiendo una conexión rápida y natural. Y mentoría porque aunque con mucho esfuerzo personal se es capaz de conseguir resultados, bien es cierto que la eficiencia apunta al mejor y menor uso de recursos para lograr el fin: la ayuda de un mentor facilita de manera determinante este proceso.