A menudo confundimos los términos y pensamos que comunicar, comunicarnos, supone atiborrar nuestro entorno comunicacional de mensajes, fuentes, medios, plataformas, canales… Ello es cierto que enriquece la misma, pero en cuanto a cantidad. Y no necesariamente en calidad la cual se ve menoscabada por un diluvio de inputs que, casi siempre, lo que provoca es sensación de saturación y agobio por una razón si no evidente, sí entiendo que comprensible: las distintas fuentes son (o deberían serlo) congruentes en sí mismas pero no necesariamente lo serán con sus compañeras de viaje. Es más, sería una enorme casualidad que varias fuentes “vibraran” (por emplear un término emocional muy en la línea de HyH) en la misma frecuencia. Y ahí, cuando entran en conjunción, es cuando nos damos cuenta que es un totum revolutum de difícil digestión.

Y si importante es esa parte técnica todavía lo es más la personal por cuanto esa comunicación está jugando un importantísimo papel en el interrelación entre personas ya sea ésta en relación 1:1 o en la escala más grande del discurso más multitudinario. Al final se trata de que nuestro mensaje llegue claro, limpio e impacte en aquel o aquellos a los que va dirigido. ¿Derrumbado el mito de la era moderna en el que nuestro Smartphone ha escalado a la categoría de imprescindible y donde el buscador más utilizado en el mundo recibe, popularmente, el título de “doctor” por su aparente infinito conocimiento? En absoluto, pero sí es cierto que en HyH entendemos el foco de la comunicación debe dirigirse, después de la borrachera tecnológica de los últimos tiempos, a conseguir la más adecuada interrelación personal que, al fin y al cabo, ha sido su finalidad desde el origen de los tiempos y que, sin duda, lo será (en el formato que sea) mientras la persona humana pueble este planeta.